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Novela “Atrapa el Momento” por Entregas Diarias. Capítulo 6.

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Capítulo Seis.

Tras escuchar la historia de Luís de boca de Don José, Miriam comprendió muchas de las actitudes del joven.

-¿Llegó a casarse con esa tal Moira?

-No. Nunca llegaron a hacerlo.

-Cuánto daño le hizo…

-No crea, Miriam. Como le decía, gracias a esa relación, Luís se dio cuenta de que lo que la gente considera “triunfar” en la vida, no da la felicidad.

-Pero si ella le hubiera querido…

-Si ella le hubiera querido le habría exigido ceder en el éxito.

-¿Qué quiere usted decir?

-Que el ser primero en todo, el éxito que hasta entonces siempre había tenido en su vida Luís, le privaba de disfrutar de las pequeñas cosas que ofrece la vida.

-Entonces, ¿usted cree que no hay que tener ambición? Que debemos cumplir con nuestro trabajo y poco más…

-¡Claro que no, hija mía! La ambición es una cualidad del ser humano, le sirve para superarse, mejorar… Pero también puede ser su gran enemiga, si no le permite mejorar más que laboralmente.

-Creo que ya le voy entendiendo…

-Todo se basa en el equilibrio. Hay que luchar para mejorar laboral, económica y socialmente. Pero sobre todo para tener una mejor calidad de vida. Y ésta no se basa exclusivamente en nuestra capacidad adquisitiva.

-Se refiere usted a nuestra capacidad afectiva.

-Exacto. ¿No disfruta usted mucho más regalando algo a su hijo pequeño y viendo su cara de felicidad que recibiendo cualquier presente usted misma?

-Claro –responde con seguridad Miriam.

-Pues algo así es la vida. Cuando aprendemos a disfrutar más dando que recibiendo, cuando conseguimos una armonía verdadera con las personas que convivimos, nos acercamos cada vez más a la felicidad.

-Ya…

-Y mi sobrino ha mejorado, humanamente, de una forma tremenda desde que le ocurrió lo de su ruina financiera. Lo que le hacía falta para volver, mejorado, a la vida, era una ilusión.

-¿Y ya la tiene?

-¡Claro que la tiene! Esa ilusión es usted.

-Yo no lo veo tan claro…

-Pues yo lo supe desde el momento en el que la conocí.

-No me diga que usted me contrató porque ya planeaba todo esto…

-¡Por supuesto que no, querida Miriam! ¿Quién se cree que soy? ¿Un vidente?

-Entonces no entiendo lo que me está diciendo ahora.

Don José se sienta ahora en el silloncito que está junto al que ocupa la chica, al otro lado del sillón que ocupa siempre tras su mesa. Con cariño toma la mano de la muchacha.

-Yo la contraté porque intuí enseguida su potencial de trabajo, su capacidad para llevar adelante una labor difícil y básica para la Compañía…

-Eso he creído siempre.

-Pero, luego, fui conociéndola poco a poco… humanamente, me refiero. Y asistí a sus discusiones con casi todo el personal de la empresa. Comprobé su dureza para salir adelante, pero descubrí, debajo de esa coraza que usted se

colocaba, una persona extraordinaria. Una mujer de la que yo, unos años más joven, podía haberme enamorado con facilidad…

Miriam se sonroja. No sabe qué decir.

-…Después –prosigue el viejo cascarrabias-, cuando Luís aceptó formar parte de la Compañía como simple empleado, pensé que, ya que siempre le he considerado igual a mí, teniendo esos años que yo ya dejé atrás, él también se enamoraría de usted.

-Eso es una apreciación suya Don José…

-¡Déjese de tonterías! Conozco a mi sobrino y le aseguro que está enamorado de usted hasta el tuétano…

-Pues él parece no saberlo.

-Y no lo sabe. Tiene todavía que averiguarlo.

-Vaya… -responde Miriam un tanto decepcionada-.

-Y ahí nadie puede ayudarla a usted.

-Da por hecho que yo quiero a su sobrino como mi pareja para el resto de la vida.

-¿Y no es así?

Miriam y Don José se miran fijamente a los ojos. La chica, al final, sonríe y baja la cabeza.

-Sí –confiesa semiavergonzada-.

-No se avergüence, querida. Es lo más importante que pueda ocurrir en la vida de cualquier persona.

-Pero yo… soy mayor que él…

-¿Dos años? Eso es una tontería. No hay diferencia…

-Tengo un hijo… y a él no le gustan los niños.

-¡Pero si él es un niño grande! Acabará jugando con los juguetes de su hijo, ya lo verá…

-Y ni siquiera me hace caso como mujer…

-¿No?

-Bueno, sé que le atraigo físicamente, pero nada más…

-Miriam, yo no le he dicho que vaya a ser fácil. Mi sobrino es un cabezota y su juró a sí mismo que nunca volvería a interesarse y mucho menos a amar a ninguna mujer.

-¿Lo ve?

-Aprenda usted igual que él está aprendiendo. Yo necesito a la mejor directora para mi empresa…

-Subdirectora, Don José. Me acaba de nombrar subdirectora.

-Precisamente. Necesito a la mejor directora dentro de tres o cuatro años, cuando el actual director deje de serlo.

Miriam está abrumada. Intenta hablar pero no le salen las palabras.

-Y la mejor directora es la que, en su hogar, es feliz.

-¿Y qué hago con su sobrino? ¿Le pongo una pistola en la sien para que se de cuenta de que, como usted dice, está enamorado de mí?

-Querida futura sobrina, eso es cuestión tuya… ¿no te importa que a solas, te tutee?

-Claro que no.

-Siempre he creído en la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. Pero nunca he pensado que seamos iguales. Por suerte, hay muchas… “cosas”… que nos diferencian, físicas y psíquicas.

Y eso es lo bonito. Aprovecha tus diferencias.

-¿Quiere decir… que le seduzca…?

-Haz lo que quieras. Pero no dejes pasar tu felicidad.

Miriam se queda pensativa. Don José le da un beso en la mano y se vuelve a su sitio en el despacho.

-“Carpe Diem”, te decía tu tía, ¿no?

-Estaba pensando en ella –responde sonriente Miriam-.

 

Luís había luchado fuertemente por la recuperación. Y su mejoría era sensible.

Estaba prácticamente bien. Y, poco a poco se había ido olvidando del accidente. Cada día hacía el trabajo para la Compañía como si siguiera yendo al despacho, gracias al ordenador y al MODEM que Miriam había hecho instalar en su casa.

Por las mañanas, de nueve a once, hacía primero en casa, luego en el gimnasio, sus ejercicios de recuperación. Miriam pasaba cada mañana a las ocho en punto a verle, le llevaba croissants unos días, churros otros y desayunaba con él. Después de recuperación, en tres horas, Luís se ventilaba todo el trabajo de la empresa trabajando sin parar. Miriam llegaba sobre las tres y media, tras salir ella del despacho, y le ayudaba a hacer la comida.

Alguna tarde dejaba a Alex con Luís. El pequeño tenía pasión por el joven y, aunque evitaba demostrarlo o decirlo, Luís también quería muchísimo al chaval.

Miriam tenía tiempo de todo. Y si algún día, por tener que viajar a alguna delegación, no podía ir a ver a Luís, enviaba a su amiga Celia o a María o a Ricardo a cuidar del accidentado.

La vida de Miriam se había enriquecido.

Incluso iba una vez por semana a ver a sus padres y la relación con ellos se había mejorado sustancialmente.

Algún fin de semana dejaba a Alex con sus abuelos, que estaban entusiasmados con el niño.

Miriam cada vez tenia más confianza con sus padres, les había hablado de Luís. Y, sin decírselo a su hija, los padres de la chica atribuían el cambio de carácter de ella a su relación con aquel muchacho, al que estaban deseosos de conocer.

Luís estaba ya casi perfectamente, aunque su rodilla derecha no acababa de curarse del todo.

El doctor Anguera, consultado por Miriam, le dijo que ya había llegado al máximo de recuperación. Podría hacer vida normal aunque no podría practicar ya ningún deporte. Su lesión de rodilla era de pasar por el quirófano y eso sólo lo hacían los deportistas de élite. No era necesario para Luís.

Pero Miriam no opinaba lo mismo. Pensó, con acierto, que uno de los aspectos que siempre había cuidado más de sí mismo Luis era el deportivo. Y decidió que iba a hacer algo al respecto.

Un sábado por la noche, antes de reincorporarse el lunes a la Compañía, Luís fue a cenar a casa de Miriam. Era la primera vez que iba a casa de la chica y que no llevaba ningún tipo de protección en las piernas, ni muletas ni nada por el estilo.

Miriam había decidido que no podía pasar más tiempo sin tener contacto físico con Luís.

Durante sus visitas, asiduas pero rápidas, a casa del accidentado, en muchas ocasiones los dos jóvenes habían contenido sus inclinaciones. Luís, había llegado a negar su atracción hacia la chica.

Eso iba a acabar esa noche, se propuso Miriam.

Con Alex en casa de los abuelos, la chica preparó una cena informal a base de muchas cosas diferentes para picar.

-¡Qué bien! Una cena a base de tapas. ¿Y Alex?

Alex había sido el escudo de Luís para evitar entrar en el “cuerpo a cuerpo” con Miriam. Al enterarse que no estaría en todo el fin de semana, algo interno asustó al joven.

Aunque Luís siguió con sus refrescos de cola, Miriam se cepilló media botella de tinto de Rioja y dos copas de cava.

La chica vestía unos shorts blancos, muy cortos, que mostraban sus esplendidos muslos y una blusa semitransparente atada por encima de un ombligo que a Luís se le antojó una de las maravillas del mundo.

-Hoy retransmiten un partido de fútbol interesantísimo.

-Espléndido –contestó Miriam-, es una ocasión magnífica para poner música.

Sinatra les acompañó con su voz de terciopelo a partir de ese momento.

-¿No se quejarán los vecinos?

Luís no sabia por qué, pero tenía miedo de Miriam.

-¿Lavamos los platos?

-Déjalo. Lo haremos mañana –contestó, melosa, la chica.

“¿Mañana?”, se preguntó interiormente Luís. “No querrá que venga mañana a fregar los platos”, se dijo a sí mismo.

-Si quieres, después de desayunar los lavaremos.

El terror se apoderó de Luís. Miriam lo notó e intentó que no se le escapara la risa.

El rostro de la chica se acercó al de él. Luís parecía un cordero a punto de degollar. A Miriam le pareció enternecedor que un hombretón como él tuviera miedo de una mujer.

Pensó que estaba harta de los machos que creían que conquistar a una mujer era comportarse como groseros y lanzarse sobre ellas.

Las manos de la chica desbrocharon los botones de la camisa de Luís. Siguiendo los movimientos de la joven, él se dejó quitar la camisa.

“Debería cortar esto… No conducirá a nada bueno que tengamos relaciones sexuales…”, se oyó decirse a sí mismo.

Pero no podía luchar contra su instinto.

Miriam acarició su pecho desnudo, no excesivamente peludo, y sus brazos fuertes y acogedores. La chica vio el bulto bajo el pantalón de Luís y sonrío. Se soltó el lazo de la blusa y se recostó en el sillón. Puso sus piernas sobre las del joven y le miró desafiante.

“Y ahora se para, la muy… cochina”.

Luís estaba muy excitado. Sólo hacía falta una pizca más de picardía para que se pusiera en marcha.

Miriam, sonriente, elevó la pierna derecha y con su pie acarició el rostro de Luís.

El joven perdió el ridículo control que se había propuesto mantener. Pero se comportó como Miriam había soñado que se comportaría el hombre de su vida.

Suavemente fue subiendo, desde el pie y por la pierna derecha de la chica, con sus labios. Acariciando cada milímetro de piel femenina. Encendiéndose cada vez más y encendiendo hasta límites insospechados hasta entonces por ella a Miriam.

Tumbados ambos sobre el sofá, Luís con las piernas por fuera, apoyándose en el suelo del saloncito, las manos del hombre fueron a acariciar los senos de Miriam. El suave tacto de las yemas de los dedos de Luís le pareció a la chica el máximo placer, sólo hasta que los labios del joven se aplicaron a la tarea de besar, lamer y acariciar las dos cimas sonrosadas de los pechos femeninos. Luego, tras un rato que ni uno ni otro tenía ni idea de traducir a tiempo real, Luís fue descendiendo por el cuerpo deseado. Sus manos asieron suavemente los shorts y los deslizaron piernas abajo hasta acabar, como la ropa del muchacho, en el suelo del salón. Los dos cuerpos, desnudos, se apretaban suavemente uno con otro y sus leves movimientos eran caricias constantes para la pareja.

Los labios de Luís se perdieron entre las piernas de la joven, allí donde la feminidad adquiere toda su dimensión.

Por vez primera en su vida, Miriam encontraba a un hombre que anteponía el placer de su pareja a él mismo.

“Si tú no gozas yo no puedo gozar”, le oyó decir cuando, por un pudor mal entendido, Miriam intentó evitar que Luís continuase acariciando con sus labios sus partes más íntimas.

Le dejó hacer y se relajó totalmente. Su mente viajó, pero lo hizo muy cerca. Cerró los ojos y vio el rostro del joven sonriendo, recordó sus brazos musculados, sus extraordinarias piernas, el culo prieto y masculino que tanto le atraía y del que se sentía orgullosa, pues consideraba ya a Luís como una prolongación de ella misma. Entre esos pensamientos se infiltró un placer. Un placer tan intenso que borró toda imagen de su cerebro. Sólo notó. No vio. Un millón de colores explotaron en su cabeza y Luís supo que la mujer a la que quería en su subconsciente había alcanzado el éxtasis.

Miriam no pudo más. Se incorporó y atrajo al hombre hacia sí. Le cogió la cabeza, le besó en los labios y se dejó caer, arrastrándole tras ella, de nuevo sobre el sofá.

Las lenguas se hicieron una y el amor, negado por uno y disimulado por otra, estalló en el placer. Nada ni nadie eran capaces en aquel momento de separarlos. Luís se contenía. Notaba una excitación como jamás antes, nunca había notado. Pero no quería explotar todavía. No, sin que ella lo hiciera dos, tres veces más. Con sus labios, con sus manos, con su sexo, lo logró.

Cuando, por primera vez, Luís entró en ella, ambos supieron que ese momento era único y que se repetiría, como único, cuantas veces estuvieran el uno en el otro.

Finalmente, con el tiempo convertido en la eternidad, ambos alcanzaron conjuntamente el clímax.

Fue ella quien encendió un cigarrillo. Dio una calada y se lo ofreció a Luís. El chico aspiró el humo y lo lanzó, en volutas, al espacio. Se miraron. Por mucho que él intentara evitarlo, el amor y la pasión se reflejaban en sus ojos.

-¡Dios! ¡Qué difícil es mantenerme distante ahora! –pensó Miriam.

Sabía qué tenía que hacer. El asunto era tan lento como la recuperación de sus piernas… o más.

Era Luís quien debía definir su relación.

Quien pidiera. Tenía que vencer su rechazo a la mujer, a todas las mujeres. Tenía que comprender que no todas eran Moiras.

Jugaron a cartas. Sobre la cama. El que perdía obedecía al otro. Los dos intentaron perder continuamente. Los dos se entregaron de igual manera para que el otro obtuviera el máximo placer.

La suavidad y el cariño de Luís en esos momentos de intimidad cautivaron a Miriam, que tuvo que contenerse varias veces para no explotar y llamarle “amor mío”.

Desayunaron juntos, en la cama. Habían perdido la idea de cuántas veces habían alcanzado la cumbre Fregaron los platos entre bromas y risas.

El domingo salieron a por el periódico. Lo leyeron luego, juntos, sobre el sofá. Luís comentaba las noticias distorsionándolas y haciendo reír sin parar a Miriam.

También discutieron. Sobre trabajo. Casi llegan a enfadarse por la cuenta de Sevilla. Cada uno tenía su manera de ver las cosas.

Se desearon y retrasaron, adrede, su nuevo cuerpo a cuerpo. Se dejaron desear y provocaron el uno al otro. Hasta que, finalmente, de nuevo los labios de Luís exploraron los lugares más recónditos e íntimos de Miriam. Y ella, esta vez sí, se dejó explorar, sintiéndose querida, sabiéndose deseada, comprobando que era la mujer más atractiva del mundo, la única en el universo.

Todo había sido perfecto. Pero el domingo por la noche, cuando Luís se despidió en la puerta, dejó bien claro que la lucha iba a ser ardua.

-Gracias. Gracias por devolverme las ganas de estar con una mujer. Gracias por demostrarme que, sin amor, también se puede lograr la felicidad.

-¡Estúpido, idiota, cretino! -Miriam chillaba, a solas ya, contra la testarudez de Luís.

¿O no era testarudez? ¿Y si Don José y ella misma se habían precipitado en sus juicios? ¿Y si Luís la deseaba pero no la amaba?

Las dudas se fueron apoderando de la chica. A cada segundo que pasaba estaba más segura de que Luís no la quería. Por lo menos, no del modo que ella esperaba. Que no sentía por ella lo mismo que ella por él.

Volvió a recordar las palabras de su tía. El fin de semana había valido la pena. No quería perder su recuerdo. Luís estaba vivo en ella. Su Luís. No podía ser que no la amara. Nadie puede hacer sentir así a otra persona sin amor.

De pronto se sobresaltó. Se dio cuenta de algo. Algo que había previsto antes de la llegada de Luís para cenar el sábado pero que luego, con el deseo encendido, había olvidado, Ninguno de los dos había tomado precauciones.

-¿Otro hijo? No, por Dios. Ahora no. No sin saber si me ama de verdad.

Miriam abrazó uno de los cojines del sofá y le habló como si hablara con una persona.

-No creo que haya pasado… ¿Y las enfermedades? No, imposible. Yo estoy sana. Pero, ¿y él?

Recordó que en el hospital tras el accidente, le habían hecho todo tipo de pruebas. Estaba sano.

-Y, en estos tres meses, no creo que haya ido con ninguna… aparte de mí este fin de semana –le dijo muy convencida, al cojín.

-De todas formas –convino- no estará de más hacerme una prueba.

 

¡¡¡ Continuará !!!